toBaR garCíA, alGún dÍa, eN mediOdía
Julio:
El otro día, Marcela, la psicóloga, me preguntó por qué escribo. Y es que, como bien vos sabés, porque bien me conocés, escribo mucho, escribo todo el tiempo. Casi podría decirse que es lo único que hago. Escribo las paredes, las servilletas, las manos, los pañuelos, las puertas, los marcos, las sábanas, las frazadas, las uñas, los juegos de mesa, las mesas, los respaldos de las sillas, las cartas que alguna vez alguien escribió, las que no escribió, y hasta las caras de mis compañeros de cuarto cuando duermen. Mauro, el chico que duerme a mi derecha, dice que escribo porque es mi forma de escapar. Verónica, la chica que duerme a mi izquierda, dice que lo hago de puro narciso que soy nomás. El otro día, mientras me cepillaba los dientes en el baño, apareció de repente Fabián y empezó a hacer dibujos con el dentífrico en el espejo. Yo lo empujé y le dije que no era así como se hacía. Me puse pasta en el dedo y empecé a escribirle una carta a la mamá de la mamá de la mamá de la mamá de mi mamá. Cuando los operadores vieron lo que había hecho me ordenaron que lo limpiara de in-me-dia-to. Y lo limpié todo menos la firma con mi nombre. Hablando de mi mamá, hace muchísimo no me viene a visitar. Ni ella ni nadie de mi familia. Todos los fines de semana, las familias de los demás chicos vienen a visitarlos y les traen golosinas y regalos y, como a mí nadie me viene a visitar, me quedo sólo haciendo lo que más me gusta hacer, que es escribir. Al principio escribía cuentos de súper héroes con poderes mágicos que luchaban contra monstruos de planetas lejanos. Después empecé a escribir historias de historias que alguna vez me habían contado. Generalmente no me acordaba cómo terminaban, pero no importaba porque les inventaba un final. A algunas les inventaba varios finales y escribía uno al lado del otro para que cada cual eligiera el que más le guste. O los escribía en hojas separadas y los sorteaba: uno feliz, uno triste, uno fantástico, uno realista, uno romántico, uno policial, uno escueto, uno interminable, uno inconcluso. Cuando me empecé a quedar sin súper héroes y sin historias, empecé a escribir sobre lo que me pasaba cada día, lo que hacía desde que me levantaba hasta que me dormía. Y como todo lo que hacía era escribir, empecé a escribir sobre mí escribir. Sobre las palabras que usaba, los puntos que ponía, las comas que me ahorraba, las mayúsculas que nunca faltaban. Ello hizo que terminara escribiendo una obra autológica inacabable, y todo lo hice comenzando con la primera letra de mi escrito sin fin: la E de “El otro día”. La E es una letra con un palito largo y tres más cortos que nacen del primero y se extienden en paralelo hacia la derecha, equidistantes el uno del otro. Con la E se pueden escribir sustantivos como “Ejército”. Y también nombres propios de varón como “Esteban”, o de mujer como “Emilia”. También se pueden escribir nombres de animales, como “Elefante”, y hasta de verduras favoritas, como “Espárragos”. Pero también, a la E, se le puede agregar una l (ya no en mayúcula sino en minúscula) pegadita al lado, y no para escribir la palabra “elefante” sino para formar un artículo masculino en singular: “El”. Según Google, la palabra “El” es aquella con la que empieza el 53,6% de todos los textos subidos a internet (guau). “El” –qué palabra. Si en vez de “El” fuera simplemente “el”, no habría tanta historia. Pero en cambio “El” suena tan, tan… tan fuerte, tan exuberante, tan sublime, imponente, soberbio, casi que inalcanzable, poderoso, terrorífico, monstruoso. De sólo escribirla tiemblo de miedo. Una vez una amiga me dijo que las palabras no matan, pero las mayúsculas sí. Por eso no le echemos la culpa a “el”, que pobrecito no tiene nada que ver, sino a “El”. A la mayúscula, que no por nada sólo existe en la escritura.
simona
Julio:
El otro día, Marcela, la psicóloga, me preguntó por qué escribo. Y es que, como bien vos sabés, porque bien me conocés, escribo mucho, escribo todo el tiempo. Casi podría decirse que es lo único que hago. Escribo las paredes, las servilletas, las manos, los pañuelos, las puertas, los marcos, las sábanas, las frazadas, las uñas, los juegos de mesa, las mesas, los respaldos de las sillas, las cartas que alguna vez alguien escribió, las que no escribió, y hasta las caras de mis compañeros de cuarto cuando duermen. Mauro, el chico que duerme a mi derecha, dice que escribo porque es mi forma de escapar. Verónica, la chica que duerme a mi izquierda, dice que lo hago de puro narciso que soy nomás. El otro día, mientras me cepillaba los dientes en el baño, apareció de repente Fabián y empezó a hacer dibujos con el dentífrico en el espejo. Yo lo empujé y le dije que no era así como se hacía. Me puse pasta en el dedo y empecé a escribirle una carta a la mamá de la mamá de la mamá de la mamá de mi mamá. Cuando los operadores vieron lo que había hecho me ordenaron que lo limpiara de in-me-dia-to. Y lo limpié todo menos la firma con mi nombre. Hablando de mi mamá, hace muchísimo no me viene a visitar. Ni ella ni nadie de mi familia. Todos los fines de semana, las familias de los demás chicos vienen a visitarlos y les traen golosinas y regalos y, como a mí nadie me viene a visitar, me quedo sólo haciendo lo que más me gusta hacer, que es escribir. Al principio escribía cuentos de súper héroes con poderes mágicos que luchaban contra monstruos de planetas lejanos. Después empecé a escribir historias de historias que alguna vez me habían contado. Generalmente no me acordaba cómo terminaban, pero no importaba porque les inventaba un final. A algunas les inventaba varios finales y escribía uno al lado del otro para que cada cual eligiera el que más le guste. O los escribía en hojas separadas y los sorteaba: uno feliz, uno triste, uno fantástico, uno realista, uno romántico, uno policial, uno escueto, uno interminable, uno inconcluso. Cuando me empecé a quedar sin súper héroes y sin historias, empecé a escribir sobre lo que me pasaba cada día, lo que hacía desde que me levantaba hasta que me dormía. Y como todo lo que hacía era escribir, empecé a escribir sobre mí escribir. Sobre las palabras que usaba, los puntos que ponía, las comas que me ahorraba, las mayúsculas que nunca faltaban. Ello hizo que terminara escribiendo una obra autológica inacabable, y todo lo hice comenzando con la primera letra de mi escrito sin fin: la E de “El otro día”. La E es una letra con un palito largo y tres más cortos que nacen del primero y se extienden en paralelo hacia la derecha, equidistantes el uno del otro. Con la E se pueden escribir sustantivos como “Ejército”. Y también nombres propios de varón como “Esteban”, o de mujer como “Emilia”. También se pueden escribir nombres de animales, como “Elefante”, y hasta de verduras favoritas, como “Espárragos”. Pero también, a la E, se le puede agregar una l (ya no en mayúcula sino en minúscula) pegadita al lado, y no para escribir la palabra “elefante” sino para formar un artículo masculino en singular: “El”. Según Google, la palabra “El” es aquella con la que empieza el 53,6% de todos los textos subidos a internet (guau). “El” –qué palabra. Si en vez de “El” fuera simplemente “el”, no habría tanta historia. Pero en cambio “El” suena tan, tan… tan fuerte, tan exuberante, tan sublime, imponente, soberbio, casi que inalcanzable, poderoso, terrorífico, monstruoso. De sólo escribirla tiemblo de miedo. Una vez una amiga me dijo que las palabras no matan, pero las mayúsculas sí. Por eso no le echemos la culpa a “el”, que pobrecito no tiene nada que ver, sino a “El”. A la mayúscula, que no por nada sólo existe en la escritura.
simona
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